Pocas flores tienen una biografía tan viajera como el girasol. Nacida en América, cruzó el Atlántico con los conquistadores españoles, se convirtió en un negocio religioso en la Rusia zarista y terminó inmortalizada en algunos de los cuadros más famosos de la historia del arte. Todo eso, sin dejar nunca de girar hacia el sol.
Una planta domesticada hace 3.000 años en América
El girasol (Helianthus annuus, del griego helios «sol» y anthos «flor») es originario de Norteamérica. Las evidencias arqueológicas —semillas y documentos históricos hallados en zonas de México como Tabasco y Morelos— sitúan su domesticación por pueblos indígenas hace unos 3.000 años, tanto en el actual territorio mexicano como en las regiones que hoy son Arizona y Nuevo México. No se cultivaba solo por su belleza: sus semillas, ricas en aceite, eran ya entonces una fuente valiosa de alimento.
El viaje a Europa con los conquistadores
El girasol llegó a Europa en el siglo XVI de la mano de los españoles, que lo trajeron como curiosidad botánica del Nuevo Mundo. Durante décadas se cultivó sobre todo en jardines botánicos como planta ornamental exótica, sin sospechar el papel que estaba a punto de desempeñar miles de kilómetros al este.
De curiosidad de invernadero a «oro» de la Rusia zarista
El gran salto del girasol lo dio en Rusia. El zar Pedro el Grande introdujo la planta en el siglo XVIII a partir de semillas traídas de los Países Bajos, inicialmente como elemento decorativo. Pero el verdadero despegue llegó en 1830, cuando la Iglesia ortodoxa rusa prohibió el consumo de la mayoría de aceites durante la Cuaresma: el aceite de girasol, al ser un cultivo nuevo, no figuraba en la lista de alimentos vetados. La consecuencia fue una explosión de la demanda: en 1833 se instaló la primera fábrica de aceite de girasol del país, y a comienzos del siglo XIX los agricultores rusos ya cultivaban más de 800.000 hectáreas. Fue en Rusia, no en América, donde el girasol se transformó de flor decorativa en cultivo agrícola de primer orden, y las variedades mejoradas allí regresarían después a América y al resto del mundo.
El misterio de por qué siguen al sol
El movimiento de las plantas jóvenes de girasol siguiendo el recorrido del sol se llama heliotropismo, y durante mucho tiempo no estuvo claro si respondía a un estímulo luminoso externo o a un reloj biológico propio. Un estudio de la Universidad de California-Davis resolvió el enigma: el mecanismo está en el tallo, no en la flor. Durante el día, el lado este del tallo crece algo más rápido que el oeste, lo que inclina la cabeza floral para que mire hacia el sol; por la noche, el proceso se invierte. Este ritmo está gobernado por un reloj circadiano interno que regula hormonas de crecimiento como la auxina, y también ayuda a sincronizar la flor con la actividad de los insectos polinizadores. Curiosamente, cuando la planta madura, deja de girar y se queda fija mirando hacia el este.
Del lienzo de Van Gogh al símbolo de Ucrania
En 1888 y 1889, Vincent van Gogh pintó su célebre serie de Girasoles en Arlés, convirtiendo la flor en uno de los motivos más reconocibles del arte occidental. Hoy el girasol tiene también un fuerte peso simbólico: es la flor nacional de Ucrania, uno de los mayores productores mundiales de aceite de girasol, y desde 2022 se ha convertido en un símbolo internacional de resistencia y esperanza.
Fuentes: Bye et al., «México: centro de origen de la domesticación del girasol» (TIP Revista Especializada en Ciencias Químico-Biológicas); asvnatur.es, «La Historia de los Girasoles: Un Viaje Botánico y Cultural»; Meteored y El Cronista, sobre el estudio de heliotropismo de UC Davis; Botanical-online y ASAGIR, sobre la historia del girasol en Rusia.
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